Que el mexicano es muy sentido.

Eso ya me lo habían dicho personas mexicanas que ahora viven en la región del Valle, la que está pegadita pegadita a la frontera, vecina de ciudades como Reynosa o Matamoros.

¿Qué es eso de que somos sentidos? Pues eso.

Nos tomamos a pecho cualquier cosa. No nos gusta que nos alcen la voz o nos regañen. Queremos que toda la familia esté en la misma casa, incluyendo hijos e hijas con sus respectivos matrimonios.  Detalles así.

Y eso de que somos sentidos choca con la frialdad y pragmatismo de la forma de ser del estadounidense. Son miles los compatriotas que han salido adelante, más allá de un progreso en términos de beneficio personal o familiar, para dar el paso a generar un negocio de éxito o convertirse en personas notables. Excelente. Pero intuyo que, para lograrlo, tuvieron que pasar por el proceso de adaptación sin perder su esencia de mexicanidad.

Mi amigo Raúl me lo contó hace ya varios años. Trabajaba en una fábrica y me daba el ejemplo que, por un asunto de trabajo, podía pelearse a gritos con su jefe para ver quién tenía la razón, pero llegaba la hora de comer y ambos podían irse juntos e ir al mismo restaurante sin que hubiera algún problema. Los asuntos de trabajo eran asuntos de trabajo.

Lo de que somos sentidos es parte de nuestra idiosincrasia y lo acepto como tal pero, a lo mejor, habría que aprender a saber en dónde y cuándo lo somos.  Nomás no se vayan a pasar deveras. Ya ven, uno que es sentidón.

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