A lo largo de mi vida profesional y personal en esta frontera me ha tocado conocer a una singularidad de personas.

He conocido a quienes han vivido y estudiado en Estados Unidos o Europa, recorrieron varios países, lo mismo conocen el Reino Unido, España. África, Alemania,  las antiguas repúblicas soviéticas, pasaron por Asia o brincaron de país en país por Sudamérica.

He conocido a corresponsales de medios nacionales: Proceso, La Jornada, El Universal, Milenio, lo que gusten. Y también, de los más connotados de Estados Unidos o internacionales. Me faltan CNN, la querida BBC o Al Jazeera, pero me he topado con los de CBS, NBC, ABC, San Antonio Express-News, Dallas Morning News, Univisión, Telemundo, AP.  Tengo una amiga que trabaja para una sección del New York Times.

Y todo esto es para decirles que, así como me ha tocado conocer gente magnífica, también he conocido a quienes esa experiencia internacional, ese privilegio de vivir en otros países, esa relevancia de representar a un medio de comunicación de cierta fama, les ha servido sólo para limpiarse las narices.  A lo que voy es a esto: si llegan a conocer a alguien con las características  o trayectorias  antes descritas, está bien. Algo bueno pueden aprender o algo bueno tendrá que compartir. Pero no se dejen llevar. No se dejen apantallar.

En el fondo son como cualquier persona. Basta que alguien o las circunstancias les entere de eso.  Nada más.

 

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Conversaba un día con un amigo de aquí de la frontera y por alguna situación empezamos a hablar de la familia. Estábamos en eso cuando le mencioné que el hermano mayor de mi madre se llamaba Eulogio

– ¿Cómo dices que se llamaba?

– Eulogio.

Y sin miramientos soltó sonora, sonorísima carcajada. Lo curioso de ese momento fue que, más ofenderme por su evidente y descarada falta de respeto, lo que más me llamó la atención fue que el nombre de “Eulogio” le pareciera tan peculiar o gracioso.

En la calle, aquí y allá, he encontrado quienes se llaman Rey David, San Juana, Nepomuceno, Agapito, Leocadio, Edemiro, Marcelino, Rolando, ¿Me pareció escuchar el nombre de Eufrosina? Y los homónimos, ah, cuidado al caminar porque puede usted chocar con un Juan Hernández, un Jorge Pérez o un Humberto García. También los hay también García García, Pérez  Pérez, Hernández Hernández, por si con uno no basta.

He escuchado quienes se quejan de las peculiaridades de los nombres de la gente de Centroamérica donde, dicen, hay uno que otro Bryan o Johnny o Jimmy.  Eso sí no lo sé de cierto. Lo que sí les puedo compartir es que mi amigo dejó de reírse en cuanto le dije que mi tío ya había fallecido.

Bueno, al menos un poco de conciencia.

 

 

 

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¿Ha oído hablar de Eritrea? Es un país al noreste de África. Resulta que conocí a un joven de unos 23 años si mal no recuerdo, que era ciudadano de ese país. Y digo que era, porque ya no lo es. Ahora es ciudadano de los Estados Unidos.

Hay una ceremonia llamada de Naturalización o Ciudadanía. Es el acto oficial en que personas extranjeras, después de cumplir el proceso correspondiente, se convierten en ciudadanos de los Estados Unidos. Sí, fueron extranjeros, no nacieron en el país, pero a partir del momento en que juran renunciar toda fidelidad al país de origen  y prometen ser leales y defender a la nueva patria, tienen derecho a todo lo que la ley ampara, excepto la candidatura a la presidencia nacional.  Dije en un principio que conocí a ese joven de origen africano en esa ceremonia pero me ha tocado cubrir varias. Suelen ser masivas, unas 100 o 200 personas en promedio. La gran mayoría son mexicanas, hay una parte en que mencionan las nacionalidades representadas y se imaginarán el relajo que arman los mexicanos en ese momento, pero uno ve a gente que igual viene de Rusia que Taiwán, Arabia Saudita, Bolivia o Argentina.

A veces he querido saber qué sienten cuando termina la ceremonia. Les veo salir con sus caritas sonrientes, con la banderita de las barras y las estrellas en una mano y el programa y su certificado en la otra.  Será que ya no piensan en lo que dejaron atrás. Quizás desde ese momento están viendo algo que no tenían antes: un futuro.

¿Todavía se utiliza la palabra provinciano? Me parece que sí ¿o ya no tanto?

Lo de “provincia” se refiere al conjunto del territorio del país exceptuando la capital, dice la definición del diccionario editado por El Colegio de México.  Recuerdo los programas infantiles que veía de niño y el conductor solía agradecer los saludos que llegaban de provincia. Provincia éramos el resto del país.

Pero eso de “provincia” o “provinciano” ¿qué tanta carga despectiva puede tener? Quizás cuestión de enfoques.  Recuerdo la anécdota que me contó un amigo que buscó fortuna en una televisora de Monterrey. El caso es que mi amigo tuvo una fuerte discusión con una productora o una directora y, en el calor del enfrentamiento verbal, ella le gritó algo más o menos así: “¡lo que pasa es que ustedes lo de provincia no saben nada!”. Dejen lo de “no saben nada”. Lo que me interesa compartirles es lo de “ustedes lo de provincia”.

Y me acabo de acordar de una amiga, ella originaria de una pequeña población del norte de Tamaulipas pero la buena fortuna le ha llevado a una buena posición en la vida, tal así que ya fue a Europa, recorrió ciudades y países que le parecieron de cuento de hadas, pero cuando llegó a París, le pareció horrible.  A lo mejor le pareció provinciana.

En cuanto a mi cuna de origen, bueno, procuro verla con los ojos del doctor Juvenal Urbino, el de El Amor en los Tiempos del Cólera.  Échele un vistazo a la novela, verá a qué me refiero.

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Foto: ap

 

Aquí en esta frontera hay una broma local cuando alguien presenta a otra persona. Suelen decir algo así como “te presento un amigo de Harlingen” o “un amigo de Houston”.  Creo que es más frecuente que citen a Houston. ¿Y por qué Houston? Supongo que por el fuerte vínculo que existe entre una parte de la gente del norte de Tamaulipas y esa gran urbe texana.

Ahora es frecuente que la gente tenga familiares o amistades en las Carolinas, Arkansas, Oklahoma, Ilinois o Florida, pero antes, desde los setenta,  la onda era buscar fortuna en las ciudades de Texas, y en ese sentido, Houston ocupaba el primer lugar: con el tiempo se hicieron raíces, se consiguió un buen trabajo o floreció el negocio. Nacieron y crecieron los hijos. Allá se hizo la vida. Y eso que, como perfil de ciudad, no suele ser vista como de las más favorecidas.  Hay quienes prefieren el  vértigo cosmopolita de Dallas-Fort Worth,  la dualidad obreroturística  de Corpus Christi o qué decir de la placidez de Austin o maravillarse con San Antonio, la San Miguel de Allende texana.  Y sin embargo, no falta en esta frontera quien, de alguna manera,  tiene a Houston en buena estima o al menos, como la gran broma fronteriza, nos presentará ante otra persona diciendo “mira, un amigo de Houston”.

A veces he reprochado la falta de conexión de los norteños tamaulipecos con Tamaulipas. Es más probable que vayan a Monterrey o a Estados Unidos que a Ciudad  Victoria, y eso sólo para hacer un trámite porque, como me han dicho más de una vez “fuera de eso, Joaquín, allá no hay nada que hacer”. Y bueno.  El corazón es así:  se conecta con quien menos esperamos.

Y en esta frontera no dudo que lo que le duele a Houston le duele también a alguien en Matamoros.