Conversaba recientemente con dos amigas mías, ambas nacidas y radicadas en esta frontera, acerca de en qué momento se registró la descomposición educativa de las generaciones posteriores a la nuestra. Yo les comenté la teoría de una parte del magisterio que busca los orígenes en la desaparición de la materia de Civismo. Pero ellas coincidieron en otra hipótesis que no suena descabellada: todo comenzó a salirse de control cuando las mujeres empezaron a trabajar.

Antes que se me aceleren las feministas, vamos por partes.

Si una mujer sale a trabajar y el marido también o si ella es madre soltera, ¿quién cuida a los hijos? En el mejor de los casos: la familia, si vive cerca – y en frontera todavía se estila que los miembros de la misma familia vivan en la misma cuadra, la misma calle o en la casa de lado. Pero en el caso de las mujeres que migran de otras ciudades, y que tengan esas jornadas de maquiladora de trabajar en la noche o que les pidan doblar turno, ¿quién supervisa a la niña, al chamaco? ¿Quién vigila con quién se junta, si hizo o no la tarea, si lo que come no sea pura chatarra?

Y en la escuela pues, por lo visto, el maestro o maestra no es niñera y hay quienes asumen que tampoco formadores de nuevos ciudadanos, a fin que los valores y la primera educación que se las den en casa.  Si el niño o niña va mal le hablan a los papás o a la mamá. ¿Qué no fueron? Es su problema.

Recuerde: esto no pasa de ser un mero comentario. Faltaría ver algún sesudo análisis de investigación experta y todavía habría que ver qué tanto sentido tiene. Por lo pronto, les comparto lo que me dijeron dos mujeres, dos oriundas de esta frontera. Algo vivieron para llegar a esa conclusión. Algo del tema deben saber.

En los temas relacionados con la palabra “discriminación” puedo afirmar que rarísima vez he lo he vivido, pero recién llegado a la frontera no fue así.

De pronto, estaba yo en una tierra extraña donde parecía estar entre dos fuegos. De vez en cuando, en Matamoros, ocurría que una que otra persona me censuraba por el simple hecho de ser forastero. “La gente de fuera se está acabando la ciudad”, dijo una ex compañera mía de aquella época. Por cierto, ya no vive aquí.  En el otro lado, allá en el llamado Valle del Río Grande, sí me llegaron a tocar expresiones abiertas de rechazo, “I don´t  speak spanish” me dijo secamente un hombre quien, como decimos por acá, tenía en nopal en la frente. “you must not speak Spanish here, get out across the border” me dijo otro, ese sí muy blanco, en su entendido de que si quería hablar español debería hacerlo allá en el otro extremo del río.

¿Le ha tocado escuchar a quienes aseguran que México es el peor país del mundo? Y dentro de esa dinámica, ¿les ha tocado eso de que México es el país más racista del mundo?  Recordé la frase hace poco y no pude dejar de evocar cierta realidad de un país que juzga dependiendo la raza o el color de la piel. “Mira, ese cuitolito”, “ay ese es totonaquita”, “mira, no puede disimular que es una chacha”, “trabaja bien pero no se le quita la cara de indio”. A un maestro de historia, respetadísimo en su círculo, le escuché decir alguna vez, refiriéndose a las empleadas domésticas que llegaban a cierto país de Sudamérica, referirse a ellas como “las gatas”.  Y el señor es toda una eminencia.

¿Somos un país racista? Sí, es parte de nuestra realidad. ¿Somos el más racista? Eso está por verse. Porque será el sereno pero al menos en nuestra historia moderna el racismo nunca fue ley. Y Estados Unidos, por citar al vecino más cercano, tiene otra historia qué contar al respecto y todavía tienen en la palabra racismo una de sus peores pesadillas o uno de sus más grandes retos.

Dentro de las variables para explicar – o intentar explicar – en qué momento la educación que recibimos en el país entró en una espiral donde el estudiantado parece cada vez más indisciplinado e inculto, he escuchado entre algunos educadores que el origen hay que buscarlo en el instante que  la materia de Civismo fue borrada del programa.

Aseguran que esa acción de gobierno provocó que generaciones enteras,  el país y la educación entraran en un barranco de anarquía y desamor a la patria.

Yo soy de esa generación que no supo de una clase de Civismo, no que yo recuerde, pero no creo que mi generación haya salido tan mala. Es cierto que, hasta donde vamos, no hubo entre mis compañeros y compañeras quien se volviera líder mundial o haya ganado el premio Nobel de la Paz, pero tampoco sé que fundaran su propia organización criminal o sientan profundo desprecio por el país…perdón, corrijo. Eso sí ha pasado. Y recuerdo que, si bien es posible que algo de ese poco amor a México se haya generado en casa, tengo la impresión que otra influencia notable fue sembrada en el aula. Si el maestro o maestra no se fija, puede contagiar sus neuras.  Ya ve, hay comentaristas que aprovechan los resquicios de algún medio de comunicación para soltar sus traumas.

Digamos que se recupera la clase de Civismo. Sería interesante saber qué tan receptiva será la generación actual.  A lo mejor y hasta pido entrar de oyente, para saber de qué me estoy perdiendo.

Hace poco hablé sobre las maquiladoras y de cómo, para algunos habitantes de la frontera tamaulipeca, su llegada representó desgracia. Pero  recibí otra perspectiva del tema, elogiándolas no como un daño sino como una oportunidad.

Me lo dijo una persona ya formada: casada, hijos,  profesionista…y en algún momento de su juventud trabajó en una maquiladora. Ella recuerda esa etapa como una época de esfuerzo, sacrificio, donde conoció a otras personas, mujeres venidas de otras partes, que hicieron su vida aquí, se quedaron y formaron familias o se convirtieron en cabeza de una.

Es cierto que para el imaginario colectivo ser chica maquiladora era sinónimo de muchacha de fuera que llegó a la ciudad, empezó a ganar dinero e hizo de su vida un papalote. El estigma se ha disuelto con los años, me parece.  El ambiente de maquiladora, de ser un fenómeno social que generó enfrentamientos obrero-sindicales y ocupó la atención de intelectuales, artistas e investigadores, entró en otro estrato, como si la gente por fin hubiera aceptado su presencia.

La presencia de las maquiladoras en esta y otras partes de la frontera mexicana depende de qué tan rentables  para los corporativos. Es la realidad, en pocas palabras. Lo justo sería, precisamente, salarios dignos, buenos tratos, derechos laborales cumplidos. En tanto, ahí están, con sus luces y sombras.  La gente se desplaza en busca de una mejor forma de vivir. Por eso llegan aquí. Por eso dejan sus hogares.

Ojalá que sean más las historias de quienes pasan por la maquila y al voltear al pasado vean la etapa con gratitud.

De vez en cuando me lo han reprochado.

Me dicen que esta frontera era un paraíso de familias que se conocían entre sí, gente trabajadora,tranquilidad, abundancia – hablo de los sesenta y setenta, la era donde el algodón generó ríos de dinero. Gente educada, buenas escuelas, buenos maestros. ¿Los malos? Se mataban entre ellos y la sociedad de aquel entonces aceptaba su presencia.

Todo iba muy bien hasta que llegaron las maquiladoras. Y con ellas, la gente de afuera.

La ciudad creció aceleradamente. Los forasteros vinieron a contaminar.

Eso de que llegan las fábricas y la mano de obra que echa a perder una población tranquila, noble y generosa, es innegable. Una historia no de aquí de frontera norte tamaulipeca, un mal social que no inició en los ochentas.  Esa parte del llamado progreso económico ha tenido sus consecuencias no sólo en el norte de México o en las bien o mal llamadas republicas bananeras.  Es un esquema que se repite generacionalmente a nivel global.  Hoy expongo el caso norte tamaulipeco pero, sólo por citar un ejemplo, pregunten a la generación más anciana de un lugar como, digamos, El Salto, en Jalisco, cerca de Guadalajara, pasando por Tres Potrillos. Pregunten cómo era la vida antes y cómo se transformó cuando llegaron las plantas y el penal de Puente Grande.

Creo que todavía hay personas que quisieran todo se quedara igual. Que las malditas maquiladoras nunca hubieran llegado al norte.  Pero qué hacer. Quizás, en mi caso, aceptar las cosas y decir mea culpa mea culpa me culpa. Total, ya no me reclaman tanto por mi estatus de forastero como hace dos décadas me ocurría. En serio. Hasta mi acento molestaba, y eso que creo ya lo perdí desde hace años.