PASAPORTE

 

Ocurrió ya hace un buen de años.

Visitaba una de esas grandes ciudades de Estados Unidos, de esas que son fascinantes. Digamos, Nueva York. Fui a un asunto de trabajo. Se trataba de hacer un reportaje sobre tamaulipecos viviendo en la Gran Manzana.  Al final, el único tamaulipeco que apareció en mi reportaje fui yo, pero no me fue mal.

Andando aquí y allá, preguntando por mexicanos, me topé con personas de otras nacionalidades.

 Ya ni recuerdo bien la circunstancia: algo compré, quizás un café, o un pan o un sándwich. No sé. Quien me atendió era un muchacho. Me pareció más joven de lo que yo era en ese momento. Me dijo que venía de Centroamérica, creo Guatemala o El Salvador. Tenía ya cinco años en Nueva York y no había logrado avanzar bastante, qué esperanzas obtener algo como una visa. Entonces, sólo por mostrársela, saqué mi pasaporte y le mostré la mía. Se le quedó viendo con deseo, ansia, codicia, no sé. No, codicia no. Quizás fue tristeza de saber que podrían pasar otros cinco años sin tener un documento así.  No sé su nombre, nunca lo volví a ver.

 Es que,  sentado aquí en donde estoy, me le quedé viendo al pasaporte, ese que está aquí en el escritorio que ocupo. Y volví a recordar lo que con el tiempo se me olvida: que no todos nacen con el privilegio de una visa o de ir a Estados Unidos como lo más normal del mundo. Que hay quienes mueren en ese intento o que pueden pasar los años y jamás sabrán cómo será tener una visa láser con su nombre y la tranquilidad de pisar suelo estadounidense sin sentir temor.

COMIDA EN LA CALLE

 

Hace algún tiempo fuimos a cubrir una cena organizada por un grupo empresarial de Brownsville para recaudar fondos. Más o menos a la mitad de la velada nos retiramos pero alcanzamos a observar algunas mesas de atrás que no estaban ocupadas. Sin embargo, los meseros sirvieron el platillo de entrada en los lugares vacíos.

Un anexo se habilitó como área de aperitivos.  Al salir, vimos el proceso en que el personal retiraba charolas con fruta, galletas, botellas de agua, salchichas botaneras y otros entremeses. Confieso que alcanzamos un pellizquillo de eso pero no pudimos dejar de preguntarnos qué iba a pasar con toda esa comida porque, según entendimos, su destino final era la basura.

Sé que en México y otros países también desperdician comida pero en Estados Unidos a veces pareciera deporte nacional: el hot dog con uno o dos mordiscos, la caja de palomitas a medio llenar, el plato comprado en un food court al que sólo le picaron aquí y allá, la bolsa abierta casi llena de frutas secas tirada en un estacionamiento. Es apenas lo que uno ha visto de vez en cuando. Un habitante del Valle me comentó que no todo se tira, que mucha de la comida que no se consume en restaurantes o en reuniones sociales se dona a organizaciones. Qué bueno.  Pero iba caminando en pleno centro de la ciudad y vi, tirada, una servilleta con comida. Al menos, las salchichas se veían bien a simple vista.

¿Será acaso lujos que un país de sobreabundancia se puede dar? O será que me falta juntarme más seguido con los sectores exclusivos de México. A lo mejor atestiguo derroches que no sólo me dejarían perplejo sino harían palidecer a la bolsita de frutas secas con la que todavía me parece soñar.

 

Conversaba recientemente con dos amigas mías, ambas nacidas y radicadas en esta frontera, acerca de en qué momento se registró la descomposición educativa de las generaciones posteriores a la nuestra. Yo les comenté la teoría de una parte del magisterio que busca los orígenes en la desaparición de la materia de Civismo. Pero ellas coincidieron en otra hipótesis que no suena descabellada: todo comenzó a salirse de control cuando las mujeres empezaron a trabajar.

Antes que se me aceleren las feministas, vamos por partes.

Si una mujer sale a trabajar y el marido también o si ella es madre soltera, ¿quién cuida a los hijos? En el mejor de los casos: la familia, si vive cerca – y en frontera todavía se estila que los miembros de la misma familia vivan en la misma cuadra, la misma calle o en la casa de lado. Pero en el caso de las mujeres que migran de otras ciudades, y que tengan esas jornadas de maquiladora de trabajar en la noche o que les pidan doblar turno, ¿quién supervisa a la niña, al chamaco? ¿Quién vigila con quién se junta, si hizo o no la tarea, si lo que come no sea pura chatarra?

Y en la escuela pues, por lo visto, el maestro o maestra no es niñera y hay quienes asumen que tampoco formadores de nuevos ciudadanos, a fin que los valores y la primera educación que se las den en casa.  Si el niño o niña va mal le hablan a los papás o a la mamá. ¿Qué no fueron? Es su problema.

Recuerde: esto no pasa de ser un mero comentario. Faltaría ver algún sesudo análisis de investigación experta y todavía habría que ver qué tanto sentido tiene. Por lo pronto, les comparto lo que me dijeron dos mujeres, dos oriundas de esta frontera. Algo vivieron para llegar a esa conclusión. Algo del tema deben saber.

En los temas relacionados con la palabra “discriminación” puedo afirmar que rarísima vez he lo he vivido, pero recién llegado a la frontera no fue así.

De pronto, estaba yo en una tierra extraña donde parecía estar entre dos fuegos. De vez en cuando, en Matamoros, ocurría que una que otra persona me censuraba por el simple hecho de ser forastero. “La gente de fuera se está acabando la ciudad”, dijo una ex compañera mía de aquella época. Por cierto, ya no vive aquí.  En el otro lado, allá en el llamado Valle del Río Grande, sí me llegaron a tocar expresiones abiertas de rechazo, “I don´t  speak spanish” me dijo secamente un hombre quien, como decimos por acá, tenía en nopal en la frente. “you must not speak Spanish here, get out across the border” me dijo otro, ese sí muy blanco, en su entendido de que si quería hablar español debería hacerlo allá en el otro extremo del río.

¿Le ha tocado escuchar a quienes aseguran que México es el peor país del mundo? Y dentro de esa dinámica, ¿les ha tocado eso de que México es el país más racista del mundo?  Recordé la frase hace poco y no pude dejar de evocar cierta realidad de un país que juzga dependiendo la raza o el color de la piel. “Mira, ese cuitolito”, “ay ese es totonaquita”, “mira, no puede disimular que es una chacha”, “trabaja bien pero no se le quita la cara de indio”. A un maestro de historia, respetadísimo en su círculo, le escuché decir alguna vez, refiriéndose a las empleadas domésticas que llegaban a cierto país de Sudamérica, referirse a ellas como “las gatas”.  Y el señor es toda una eminencia.

¿Somos un país racista? Sí, es parte de nuestra realidad. ¿Somos el más racista? Eso está por verse. Porque será el sereno pero al menos en nuestra historia moderna el racismo nunca fue ley. Y Estados Unidos, por citar al vecino más cercano, tiene otra historia qué contar al respecto y todavía tienen en la palabra racismo una de sus peores pesadillas o uno de sus más grandes retos.

Dentro de las variables para explicar – o intentar explicar – en qué momento la educación que recibimos en el país entró en una espiral donde el estudiantado parece cada vez más indisciplinado e inculto, he escuchado entre algunos educadores que el origen hay que buscarlo en el instante que  la materia de Civismo fue borrada del programa.

Aseguran que esa acción de gobierno provocó que generaciones enteras,  el país y la educación entraran en un barranco de anarquía y desamor a la patria.

Yo soy de esa generación que no supo de una clase de Civismo, no que yo recuerde, pero no creo que mi generación haya salido tan mala. Es cierto que, hasta donde vamos, no hubo entre mis compañeros y compañeras quien se volviera líder mundial o haya ganado el premio Nobel de la Paz, pero tampoco sé que fundaran su propia organización criminal o sientan profundo desprecio por el país…perdón, corrijo. Eso sí ha pasado. Y recuerdo que, si bien es posible que algo de ese poco amor a México se haya generado en casa, tengo la impresión que otra influencia notable fue sembrada en el aula. Si el maestro o maestra no se fija, puede contagiar sus neuras.  Ya ve, hay comentaristas que aprovechan los resquicios de algún medio de comunicación para soltar sus traumas.

Digamos que se recupera la clase de Civismo. Sería interesante saber qué tan receptiva será la generación actual.  A lo mejor y hasta pido entrar de oyente, para saber de qué me estoy perdiendo.