Que el mexicano es muy sentido.

Eso ya me lo habían dicho personas mexicanas que ahora viven en la región del Valle, la que está pegadita pegadita a la frontera, vecina de ciudades como Reynosa o Matamoros.

¿Qué es eso de que somos sentidos? Pues eso.

Nos tomamos a pecho cualquier cosa. No nos gusta que nos alcen la voz o nos regañen. Queremos que toda la familia esté en la misma casa, incluyendo hijos e hijas con sus respectivos matrimonios.  Detalles así.

Y eso de que somos sentidos choca con la frialdad y pragmatismo de la forma de ser del estadounidense. Son miles los compatriotas que han salido adelante, más allá de un progreso en términos de beneficio personal o familiar, para dar el paso a generar un negocio de éxito o convertirse en personas notables. Excelente. Pero intuyo que, para lograrlo, tuvieron que pasar por el proceso de adaptación sin perder su esencia de mexicanidad.

Mi amigo Raúl me lo contó hace ya varios años. Trabajaba en una fábrica y me daba el ejemplo que, por un asunto de trabajo, podía pelearse a gritos con su jefe para ver quién tenía la razón, pero llegaba la hora de comer y ambos podían irse juntos e ir al mismo restaurante sin que hubiera algún problema. Los asuntos de trabajo eran asuntos de trabajo.

Lo de que somos sentidos es parte de nuestra idiosincrasia y lo acepto como tal pero, a lo mejor, habría que aprender a saber en dónde y cuándo lo somos.  Nomás no se vayan a pasar deveras. Ya ven, uno que es sentidón.

Fue en mi primer fin de año en esta frontera. Allá en  la primera mitad de los noventa.

Éramos un grupo de hombres, unos cinco o seis quizás que, por ser de fuera o solteros, coincidimos en casa de un amigo mutuo. Estuvo bien. Nada de borracheras infames o prostitutas. Cena, cervezas, música, chistes, alguien puso un cassette de Polo Polo, pero no pasó de ahí. Estábamos en una colonia de la periferia.

Llegó la medianoche. Nos dimos el abrazo de Año Nuevo y siguió la fiesta un rato. Inesperadamente, irrumpió un hombre totalmente alcoholizado. Traía una pistola. Frente a nosotros, le puso las balas y nos obligó a salir al patio y disparar al aire.  Después de un par de tiros, alguien le preguntó “¿y luego, qué sigue o qué hago?”. “¡Pos ya tiraste!” , le respondió.  “Pero ¿y esto qué tiene de especial?”. “¡Es que ya tiraste!” Y así como llegó, se fue. Y no hubo alguno de los que ahí estábamos que se hubiera atrevido a disuadirlo o a quitarle el arma. Me faltó decir que ese hombre era amigo de los del grupo, por eso se la dejaron pasar. Y yo en ese entonces desconocía que, en esta ciudad, la gente acostumbra recibir el Año Nuevo a balazos.

La anécdota la cuento por aquello de una que otra persona con la que nos topamos  por estas tierras que dicen, afirman, aseguran, que saben qué hacer ante alguna situación inesperada, de riesgo, de esas que tienen que ver con la etapa del narco que vivimos o, desgraciadamente, con tragedias como que una persona desequilibrada, sea menor de edad o adulta, irrumpa en un sitio público o un salón de clases y provoque una matanza.

Pero a la hora de los hechos, al momento que estamos frente a la situación, ¿de verdad sabrán cómo reaccionar?

 

¿Qué harían, de verdad, qué harían?

“¡Son como conejos!”.

Me lo dijo una persona  durante una entrevista. Él, un mexicano que por las circunstancias que tuvo que enfrentar se vio obligado a irse a vivir sin documentos migratorios a Estados Unidos. Y sin embargo, pese a su situación, tuvo  el suficiente temple como para la autocrítica o,  en este caso, la visión dura a una parte del fenómeno migratorio en Estados Unidos que no abordamos con la frecuencia que, quizás, deberíamos.

Lo de “conejos” se refería a los connacionales que, pasado cierto tiempo, descubren cómo funciona el American Way of Life, en especial, su sistema de beneficios sociales.

Pasado un tiempo, eligen una vida en la medianía: ni para arriba pero tampoco demasiado abajo. Ahí, en medio, donde se puede pedir beneficios. Beneficios. Cómo he escuchado esa palabra desde que me empecé a familiarizar con las cosas del otro lado, del Valle de Río Grande.

Una de las formas de tener “beneficios” es teniendo hijos.

Alguna vez visité una casa, allá en cierto barrio de Brownsville y me tocó ver en directo el caso en cuestión. Eran como cuatro o cinco niños, en escalerita, quizás un año o dos de diferencia. Y ante tal situación, una de mis preguntas fue ¿cómo le hace para mantenerlos? La respuesta de la mamá fue “los cheques”.  Se refería al apoyo económico que ofrece el gobierno para las madres solteras que se registran en ciertos programas de asistencia social.

Entonces….entonces….qué podemos hacer si damos razones para que nos odien.

 

“¡Yo no soy mexicano. Soy matamorense!”.

Ese grito lo escuché hace un buen de años, en una de esas crisis de identidad nacional que, ocasionalmente, nos ocurren en el país.

En ese entonces, tal expresión no me causó tanta extrañeza. Tenía algunos años, creo que unos 10 o 15… ¡10 o 15! En la torre, cómo pasa el tiempo.   Les decía, ya me había topado con expresiones de peculiar e hiperbólico… ¿nacionalismo? Pues sí, una especie de nacionalismo doméstico. Pero eso lo puedo dividir en dos partes: local y mexicanidad.

Local porque hablar de algo o alguien de la tierra que habito era referirse a una especie de prodigio. Sé que suena exagerado pero se los voy a poner con estos dos ejemplos: ¿les ha tocado escuchar versiones de que hay personas de Monterrey que se sienten superiores al resto de los mexicanos o gente de Texas que sienten que no hay cosa más grande y maravillosa que ese estado? Pues algo así pero región…local. Así lo dejo.

Y en cuanto a lo de mexicanidad, porque resultaba y todavía resulta que no hay mexicanos más mexicanos que los de la frontera norte.  Lo escuché en varias ocasiones.  “Nosotros, que somos más mexicanos” me dijo al micrófono y frente a la cámara uno que fue director de una escuela local. A veces todavía me arrepiento de no haber incluido esa parte en mi nota, todo por cuidarle las formas.

Y en cuanto a la frase con la que inicié, la escuché una de esas veces que la selección mexicana de futbol perdió un partido crucial, ya ve que eso ocurre con cierta frecuencia. Y la frustración debió ser tan grande que la persona que profirió tal grito buscó, desesperadamente, una forma de no tener relación alguna con ese colosal fracaso.

 

Fue un recordatorio. Así lo tomé.

Es que con el tiempo de cubrir el Valle del Río Grande, allá del otro lado del río, uno como que se llega a involucrar con la gente y también ocurre un poco viceversa.  Las personas que entrevisto o las fuentes que cubro se llegan a familiarizar con nosotros, saben que procedemos de México (como coloquialmente le llaman a todo el que venga de este lado del río sin importar si es de Matamoros, Reynosa o San Vicente Tancuayalab) y ven nuestra presencia como lo más normal. Más fácil es cuando nos encontramos a personas que son mexicanas pero ya hicieron vida en esa región de la frontera texana.

Y de pronto me topo  con alguien que, siendo de ascendencia mexicana,  suelta comentarios que suenan de alguien que me ve y ve a México como algo lejano, exótico, estereotipado. Hablo de alguien que vive en esa región de Texas, allá nació, allá transcurre su vida y, sí, ha cruzado y visitado México, pero como que sólo por necesidad o circunstancia. Y sé que no hubo mala intención o maldad.

Es sólo su visión de las cosas.

Mexicano significa mariachi. Mexicano significa alguien que no conoce a Texas o sus leyes y hay que estar explicándoselas. Mexicano que se explica según su raza, origen étnico, descendencia. Con decirles que a sus ojos resulté hasta maya porque tengo la nariz medio aguileña y  ciertos rasgos en mi rostro que identificó como de esa cultura prehispánica.  Y yo que me quiero sentir huasteco por ser del sur tamaulipeco.

Pero, ya digerido el amargo sabor del trago, coloqué las cosas en la balanza y recordé lo que había olvidado: que aunque se vean semejantes a uno por el color de la piel, los rasgos, los apellidos y uno que otro gusto musical o gastronómico, finalmente lo que visito es otro país.  Y habrá quienes, de vez en cuando, con o sin mala intención, accidental o intencionalmente, me lo van a recordar.