“Es que el gringo es bien simple. Se ríe de cualquier babosasa”.  Eso me han dicho por acá, en esta frontera.

Veamos: simpleza. ¿A qué se refieren quienes me han dicho lo anterior?  Pues a que el estadounidense  tiene un sentido del humor muy distinto al nuestro.  Y eso es verdad. A nosotros, los mexicanos o los latinoamericanos, nos gusta el autoelogio de decirnos ingeniosos,  picarescos, albureros. Somos pura fiesta. En cambio, al gringo le adjudican ser bobo, reírse de cualquier cosa, no tener tan inventiva como nosotros.  Y entonces pienso en los cláscios: Buster Keaton, Harold Lloyd en la era silente del cine, o El Gordo y el Flaco, o Jerry Lewis o Rchard Pryor y Gene Wilder o las estrellas más contemporáneas. Y siento que nos hemos reído muy bien de sus ocurrencias.

¿Qué es la simpleza?  Pues eso, lo sencillo, lo poco profundo,  y habrá quien guste de ocuparse de cosas que a lo mejor son lo más común pero se interpretan como extraordinarias.  Pienso en mis primeros años en la frontera. Yo tenía cabello, era joven y vestía con tenis, traía un morral y usaba unos walkman, ¿se acuerda de los walkman? Y caminaba mucho por la ciudad, la estaba conociendo.  Y me ocurría que al día siguiente alguien del trabajo me interceptaba diciéndome algo así como “ehh, Joaquín….que te vieron ayer caminando por la Sexta, y que ibas bien entretenido con tus walkman y tu morralito”.  Y yo pensaba, “pues sí, eso hice. ¿Qué tiene de extraordinario?”. Pues resultaba extraordinario en esa época, para ese momento de esa sociedad.   ¿Sería que los demás no tenían cosa mejor qué hacer? ¿O será que la vida simple provoca que en algo hay que ocuparse, aunque suene a ociosidad? 

Y en cuanto al humor simple del gringo, sí, me he sorprendido con eso, como a veces también me sorprende el grado de vulgaridad al que nosotros, como latinoamericanos, necesitamos descender para sentirnos graciosos.  A lo mejor el humor simple no es tan malo. De perdis sirve para reírse a diario. 

A veces, he pensado en esas personas de remotos países que, hace décadas, hace siglos, decidieron dejar todo para cruzar el mundo en busca de otro lugar y una nueva vida.

Pienso en los chinos. Cómo su cultura y creencias son tan distintas a las nuestras. Y viajaron cientos, miles de kilómetros, cruzando países, guerras, tormentas, enfermedades, hasta llegar a este lado del planeta. Y se asentaron en Estados Unidos o aquí en México, en varias regiones donde su presencia e influencia son palpables.  ¿Puede imaginar esos viajes? ¿Puede imaginar a lo que se expusieron? ¿Y por qué dejaron todo? ¿Por qué tan lejos y en un tiempo en que un viaje, cualquiera que fuera, representaba una odisea de incertidumbres?

Hoy, la migración continúa y por las mismas razones: encontrar algo mejor de lo que ya se tiene y vive. Y habrá quien piense que ese tipo de vida, ese riesgo, convierte al migrante en un aventurero.  Algo hay de eso. Pero en el contexto de lo que llega a saber uno, de decenas de personas africanas sobrecargando un endeble barco en el Mediterráneo o de personas mexicanas y centroamericanas que mueren asfixiadas en la caja de un traíler abandonado en alguna parte de Estados Unidos, no sé. Será que otras cosas ha vivido o visto uno. Será que a uno no le ha tocado el lado romántico de ser migrante. Quizás habrá algunas personas que necesitarían ser encerradas en un vagón de tren o en la caja de un traíler y luego ver si eso de ser migrante es tan romántico o tan aventurero. 

Que el mexicano es muy sentido.

Eso ya me lo habían dicho personas mexicanas que ahora viven en la región del Valle, la que está pegadita pegadita a la frontera, vecina de ciudades como Reynosa o Matamoros.

¿Qué es eso de que somos sentidos? Pues eso.

Nos tomamos a pecho cualquier cosa. No nos gusta que nos alcen la voz o nos regañen. Queremos que toda la familia esté en la misma casa, incluyendo hijos e hijas con sus respectivos matrimonios.  Detalles así.

Y eso de que somos sentidos choca con la frialdad y pragmatismo de la forma de ser del estadounidense. Son miles los compatriotas que han salido adelante, más allá de un progreso en términos de beneficio personal o familiar, para dar el paso a generar un negocio de éxito o convertirse en personas notables. Excelente. Pero intuyo que, para lograrlo, tuvieron que pasar por el proceso de adaptación sin perder su esencia de mexicanidad.

Mi amigo Raúl me lo contó hace ya varios años. Trabajaba en una fábrica y me daba el ejemplo que, por un asunto de trabajo, podía pelearse a gritos con su jefe para ver quién tenía la razón, pero llegaba la hora de comer y ambos podían irse juntos e ir al mismo restaurante sin que hubiera algún problema. Los asuntos de trabajo eran asuntos de trabajo.

Lo de que somos sentidos es parte de nuestra idiosincrasia y lo acepto como tal pero, a lo mejor, habría que aprender a saber en dónde y cuándo lo somos.  Nomás no se vayan a pasar deveras. Ya ven, uno que es sentidón.

Fue en mi primer fin de año en esta frontera. Allá en  la primera mitad de los noventa.

Éramos un grupo de hombres, unos cinco o seis quizás que, por ser de fuera o solteros, coincidimos en casa de un amigo mutuo. Estuvo bien. Nada de borracheras infames o prostitutas. Cena, cervezas, música, chistes, alguien puso un cassette de Polo Polo, pero no pasó de ahí. Estábamos en una colonia de la periferia.

Llegó la medianoche. Nos dimos el abrazo de Año Nuevo y siguió la fiesta un rato. Inesperadamente, irrumpió un hombre totalmente alcoholizado. Traía una pistola. Frente a nosotros, le puso las balas y nos obligó a salir al patio y disparar al aire.  Después de un par de tiros, alguien le preguntó “¿y luego, qué sigue o qué hago?”. “¡Pos ya tiraste!” , le respondió.  “Pero ¿y esto qué tiene de especial?”. “¡Es que ya tiraste!” Y así como llegó, se fue. Y no hubo alguno de los que ahí estábamos que se hubiera atrevido a disuadirlo o a quitarle el arma. Me faltó decir que ese hombre era amigo de los del grupo, por eso se la dejaron pasar. Y yo en ese entonces desconocía que, en esta ciudad, la gente acostumbra recibir el Año Nuevo a balazos.

La anécdota la cuento por aquello de una que otra persona con la que nos topamos  por estas tierras que dicen, afirman, aseguran, que saben qué hacer ante alguna situación inesperada, de riesgo, de esas que tienen que ver con la etapa del narco que vivimos o, desgraciadamente, con tragedias como que una persona desequilibrada, sea menor de edad o adulta, irrumpa en un sitio público o un salón de clases y provoque una matanza.

Pero a la hora de los hechos, al momento que estamos frente a la situación, ¿de verdad sabrán cómo reaccionar?

 

¿Qué harían, de verdad, qué harían?

“¡Son como conejos!”.

Me lo dijo una persona  durante una entrevista. Él, un mexicano que por las circunstancias que tuvo que enfrentar se vio obligado a irse a vivir sin documentos migratorios a Estados Unidos. Y sin embargo, pese a su situación, tuvo  el suficiente temple como para la autocrítica o,  en este caso, la visión dura a una parte del fenómeno migratorio en Estados Unidos que no abordamos con la frecuencia que, quizás, deberíamos.

Lo de “conejos” se refería a los connacionales que, pasado cierto tiempo, descubren cómo funciona el American Way of Life, en especial, su sistema de beneficios sociales.

Pasado un tiempo, eligen una vida en la medianía: ni para arriba pero tampoco demasiado abajo. Ahí, en medio, donde se puede pedir beneficios. Beneficios. Cómo he escuchado esa palabra desde que me empecé a familiarizar con las cosas del otro lado, del Valle de Río Grande.

Una de las formas de tener “beneficios” es teniendo hijos.

Alguna vez visité una casa, allá en cierto barrio de Brownsville y me tocó ver en directo el caso en cuestión. Eran como cuatro o cinco niños, en escalerita, quizás un año o dos de diferencia. Y ante tal situación, una de mis preguntas fue ¿cómo le hace para mantenerlos? La respuesta de la mamá fue “los cheques”.  Se refería al apoyo económico que ofrece el gobierno para las madres solteras que se registran en ciertos programas de asistencia social.

Entonces….entonces….qué podemos hacer si damos razones para que nos odien.