“Tú crees, un indio patarraja fue el que me vino a dar la solución”.  Me lo contaron hace poco. Una persona tenía un malestar que médico tras médico no le atinaba a resolver, hasta que alguien le recomendó a un curandero allá en una tierra lejana. Ah, qué bueno que lo alivió.  No me quiero imaginar cómo se hubiera expresado si el curandero le hubiera salido chafa.

Y volvemos otra vez con el tema de los prejuicios.  Esa actitud nicolasalvaradera del clasismo, de juzgar por estatus o apariencia. Es un reto muy grande, ¿cuántas personas pueden decirse salvas de ese patrón de comportamiento? Lo mismo el abogado, la maestra, el sesudo investigador o el gran periodista, tarde que temprano me ha tocado escucharles comentarios despectivos con base en la raza o el color de la piel.  Ya he comentado que esta frontera conserva aún su raíz campesina, se nota en los patrones de conducta, el aspecto, el habla o los gustos de un perfil de la sociedad.  Por eso me llama tanto la atención cuando, representantes de ese particular perfil, osan criticar a quienes o provienen de otras partes del país o tienen raíces indígenas o son extranjeros.  Insisto, ¿quién se puede decir salvo de tener esa mala forma de conducta? ¿Ustedes, yo? En mi caso, no lo niego pero me esfuerzo porque no se manifieste. Pero veo que otras personas ni resistecia ponen.

A lo mejor exagero con toda esta perorata. A lo mejor lo de “indio patarrajada” fue una especie de autocritica y la persona que fue ayudada por el curandero en realidad quiso expresar que se dejó llevar por las apariencias. Y hablando de eso, mejor aquí me detengo. No vaya a ser que aparente ser clasista o quizás lo soy o quizás ya me delaté. Lo único que sí les puedo confesar bien a bien es que me volví exsabinero. Exsabinero. Que ya no le gusta  Joaquín Sabina. Nada tiene que ver con el comentario de hoy pero es que no supe como terminar.

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Columbus se ubica a considerable distancia de esta frontera. Es una localidad pequeña en Nuevo México.  El sitio es notable por lo acontecido un día de 1916.  Pancho Villa y su División del Norte la invadió.

¿Le ha tocado escuchar a quienes celebran ese hecho como un acto heróico? Sabemos que Estados Unidos ha tenido una política de intervencionismo en diferentes épocas de su historia, en especial, a lo largo del siglo XX.  Igual se mete en Corea, Vietnam, Panamá o Granada. Qué decir del siglo XIX y la invasión a México.

Por eso hay quienes hablan de Columbus y celebran la única ocasión en toda su historia que Estados Unidos fue invadido. “¡Sí, para que sepan lo que se siente, Pancho Villa los invadió, viva Pancho Villa!!”.

Aguas. Aguas con lo que pretendemos ver como hazaña. Lo de Columbus no fue un paseo. Hasta donde se sabe, murieron 70 soldados de Villa y 75 estadounidenses entre soldados, empleados y civiles.  15 soldados más habrían sido prisioneros y fusilados. Imagíneselo de esta manera: que va por las calles de esta ciudad y de pronto el enfrentamiento. Dirá que ya nos está pasando pero lo de ahora es otra cosa, se llama crimen organizado. No es un grupo de soldados extranjeros masacrando gente por revancha o porque a su líder se le vino la gana.

Así que aguas. Aguas con lo que pretendemos ver como acto heroico.

¿Le ha tocado escuchar ese sonido repetitivo que denota miedo o incertidumbre? Es muy popular en los celulares. Me ha tocado escuchárselo a la chamacada.  Es posible que no sepan de dónde viene pero sí lo asocian a algo tenebroso. Les estoy hablando de los violines. Los que hacen tin tin tin tin, así, repetitivos. Los de mi edad y más avanzados, y en especial que les guste el cine, sabrán que se trata de la música de la película Psicosis, de Alfred Hitchcock. Todo un clásico.

La escuché hace poco en el lugar donde menos esperé.

Estaba en un restaurante de comida china.. atendido por chinos. Suena raro que lo enfatice pero ha sido una tendencia de un tiempo a la fecha, he visto como unos dos o tres.  En el que me encontraba era atendido por una pareja. Él, en la cocina; ella, en la caja. Yo era el único cliente, así que estaban relajados, a veces hablando entre ellos en chino, a veces ella viendo en su celular una serie asiática en el idioma de origen. Como que era una comedia. Y entre diálogo y diálogo, de repente los violines de Piscosis. Lo que me llamó la atención es que una serie de un país tan lejano tuviera un elemento tan familiar de este lado del mundo. ¿Transculturación, globalización? O quizás la era que vivimos. Y recordemos que la cultura de Estados Unidos es la hegemónica de la Segunda Guerra Mundial a la fecha.  Que la encontremos donde menos la espero, no debería extrañarme.

Quizás ahorita, en este momento, alguien está viendo una telenovela mexicana en algún país del oriente, en un restaurante de comida mexicana, atendido por mexicanos, y como único cliente un tipo asiático con ínfulas de antropólogo de los medios.

Como que esto último me suena familiar.

La historia es importante. Y salvo su mejor opinión, como que de un tiempo a la fecha han surgido nuevas y más sensatas formas de conocerla.

Tomemos nuestro caso, el mexicano. Sí, todavía hay respeto y ceremonias  a quienes denominamos héroes pero como que hay también una visión más… ¿humana podríamos decir?  Ya somos capaces de ver a Hidalgo, Allende, Morelos o Juárez con virtudes pero también defectos. Porfirio Díaz, dictador pero a la vez modernizador de México.  Y así nos la podemos llevar.

Todo lo anterior viene también por aquello de los acontecimientos históricos que ennoblecen a las ciudades. Y está bien.  La batalla en la  Alhóndiga de Granaditas, tan decisiva en el movimiento que encabezó Hidalgo, ha sido descrita como una masacre. Y sin embargo, además de sitio histórico y turístico,  la Alhóndiga es escenario magnífico del Festival Cervantino.

Todo lo anterior viene a cuento porque me acordé hace poco de la Batalla de Palo Alto.  No se preocupe, yo tampoco sé mucho al respecto. Sólo que se libró en mayo de 1846 en un sitio agreste en la parte norte de Brownsville, Texas entre tropas estadounidenses y mexicanas. Éstas últimas no pudieron resistir, los soldados de Estados Unidos entraron a México y no se detuvieron hasta septiembre de 1847 en el Castillo de Chapultepec.   Si la batalla fue en Brownsville y las tropas de Estados Unidos avanzaron hacia el sur hasta cruzar el río ¿ya se dio cuenta por cuál ciudad entraron a México?  Pero hasta eso. Esa ciudad tamaulipeca y fronteriza gozó de buena bonanza económica en tiempos de invasión.

No se trata de bueno y malos. Son acontecimientos.  Cosas que pasan.

A lo largo de mi vida profesional y personal en esta frontera me ha tocado conocer a una singularidad de personas.

He conocido a quienes han vivido y estudiado en Estados Unidos o Europa, recorrieron varios países, lo mismo conocen el Reino Unido, España. África, Alemania,  las antiguas repúblicas soviéticas, pasaron por Asia o brincaron de país en país por Sudamérica.

He conocido a corresponsales de medios nacionales: Proceso, La Jornada, El Universal, Milenio, lo que gusten. Y también, de los más connotados de Estados Unidos o internacionales. Me faltan CNN, la querida BBC o Al Jazeera, pero me he topado con los de CBS, NBC, ABC, San Antonio Express-News, Dallas Morning News, Univisión, Telemundo, AP.  Tengo una amiga que trabaja para una sección del New York Times.

Y todo esto es para decirles que, así como me ha tocado conocer gente magnífica, también he conocido a quienes esa experiencia internacional, ese privilegio de vivir en otros países, esa relevancia de representar a un medio de comunicación de cierta fama, les ha servido sólo para limpiarse las narices.  A lo que voy es a esto: si llegan a conocer a alguien con las características  o trayectorias  antes descritas, está bien. Algo bueno pueden aprender o algo bueno tendrá que compartir. Pero no se dejen llevar. No se dejen apantallar.

En el fondo son como cualquier persona. Basta que alguien o las circunstancias les entere de eso.  Nada más.